¿La inteligencia artificial en el aula es la culpable de que los resultados educativos bajen? Esa fue la pregunta que se planteó en el I Foro Europeo EducaIA, celebrado recientemente en Santiago de Compostela. La respuesta, según las intervenciones del conseller Antoni Vera y otros responsables educativos, no es un simple sí o no. Lo cierto es que la tecnología por sí sola no arruina los aprendizajes, pero su uso inadecuado puede ser el detonante de problemas graves si acabamos sustituyendo el esfuerzo real del alumnado.
El debate se centró en cómo estamos integrando realmente estas herramientas y qué consecuencias tiene hacerlo sin una base pedagógica sólida. No se trata de prohibir, sino de entender para qué sirve cada cosa y cuándo es mejor dejarla fuera. El peligro no está en la herramienta, sino en que esta acabe haciendo el trabajo cognitivo que debería hacer el estudiante.
¿Está la inteligencia artificial detrás del retroceso educativo?
Durante una conversación educativa titulada «PISA enciende la alerta: ¿está la inteligencia artificial detrás del retroceso educativo de España?», se puso sobre la mesa la relación entre los datos recientes y el uso de la tecnología. La postura que emergió fue clara: no podemos echarle la culpa a la IA de un descenso en los resultados si las bases no están firmes.
Antoni Vera, conseller d’Educació i Universitats de les Illes Balears, lo dejó muy claro: atribuir el fracaso académico únicamente a la tecnología es simplista. Lo que sí sucede es que, cuando un alumno usa la IA para evitar pensar, analizar o redactar por sí mismo, estamos perdiendo oportunidades de aprendizaje reales. Si la herramienta sustituye la autonomía, el resultado es predecible: un alumnado con menos capacidad crítica y más dependencia.
Esto nos lleva a una reflexión incómoda para muchos centros. ¿Estamos enseñando a usar la IA o estamos dejando que la IA nos enseñe (o nos sustituya)? La diferencia es enorme. En el primer caso, la tecnología es un recurso más al servicio del aprendizaje. En el segundo, se convierte en un atajo que anula el proceso de construcción del conocimiento.
Este fenómeno conecta directamente con lo que vemos en otros contextos sobre la interpretación de los resultados de PISA y las posibles causas del retroceso. No basta con mirar los números; hay que entender qué está pasando en el día a día del aula.

La base no negociable: lectura, escritura y matemáticas
Antes de hablar de tecnología avanzada, hay que volver al principio. Vera defendió la necesidad absoluta de consolidar los aprendizajes básicos desde las primeras etapas. Sin una buena competencia en lectura, escritura y matemáticas, cualquier herramienta digital se convierte en un lastre más que en una ayuda.
En las Illes Balears están impulsando medidas para reforzar estas áreas: revisión curricular, apoyo específico al aprendizaje de lenguas y ampliación de recursos de apoyo. La lógica es impecable: si no saben leer con comprensión ni razonar matemáticamente, la IA les dará una respuesta, pero no sabrán evaluar si esa respuesta tiene sentido.
Es como darle un coche de Fórmula 1 a alguien que aún no sabe conducir por ciudad. Puede llegar rápido al destino, pero el riesgo de accidente es altísimo y, lo más importante, no aprende a manejar el vehículo. En educación pasa igual: sin bases sólidas, la tecnología acelera el fracaso en lugar del éxito.
Esto nos recuerda la importancia de priorizar lo esencial antes de innovar por innovar. Como señalamos al analizar el Marco para el impulso educativo en Galicia, el refuerzo de la lectura y las matemáticas es una prioridad transversal en varias comunidades.
Una incorporación responsable y fundamentada
El consenso que surgió en el foro apunta hacia una integración responsable. No se trata de demonizar la tecnología, sino de exigirla. Para que la inteligencia artificial en el aula tenga sentido, debe cumplir tres requisitos fundamentales: evaluación previa, evidencia educativa y contribución real al aprendizaje.
- Evaluación previa: Antes de introducir cualquier herramienta, hay que preguntarse qué problema resuelve y si realmente mejora el proceso de enseñanza-aprendizaje.
- Evidencia educativa: No basta con que sea popular o innovadora. Debe haber datos o estudios que demuestren su utilidad pedagógica en contextos reales.
- Contribución real: La herramienta debe ayudar al alumno a aprender más, no a hacer menos esfuerzo cognitivo.
Imaginemos un ejemplo hipotético: un profesor pide a sus alumnos que usen una IA para generar ideas para un ensayo. Si el alumno copia y pega sin procesar la información, ha perdido la oportunidad de estructurar su pensamiento. Pero si usa la IA para contrastar sus propias ideas con las sugerencias de la herramienta, o para detectar lagunas en su argumentación, entonces sí está aprendiendo.
La clave está en el diseño de la actividad. Si la tarea permite que la IA haga el trabajo sustitutivo, el resultado será negativo. Si la tarea obliga al estudiante a evaluar, seleccionar y crear sobre lo que la IA le ofrece, el resultado puede ser muy positivo.

El papel de los docentes en esta ecuación
Aquí es donde entra en juego la formación del profesorado. No se puede esperar a un docente que no conoce bien estas herramientas que las gestione de forma pedagógica. La competencia digital docente debe incluir no solo saber usar la IA, sino saber cuándo NO usarla.
Los docentes deben ser capaces de diseñar situaciones donde la tecnología sea un aliado y no un sustituto. Esto requiere tiempo, formación y, sobre todo, una reflexión constante sobre qué estamos pretendiendo con cada actividad.
Además, es fundamental que los centros cuenten con protocolos claros. ¿Qué pasa si un alumno usa IA para hacer un trabajo que debía ser individual? ¿Cómo evaluamos el proceso si el resultado final lo ha generado una máquina? Estas preguntas no tienen respuestas mágicas, pero sí requieren consenso y planificación.
El I Foro Europeo EducaIA también contó con la participación de responsables de otras comunidades como Román Rodríguez (Galicia), Carmen Susín (Aragón) y María Pardo (Castilla y León). El hecho de que todos converjan en la necesidad de bases sólidas y un uso responsable es una señal clara: el reto no es tecnológico, es pedagógico.
Al final, la tecnología no va a solucionar los problemas educativos por arte de magia. Si hay fallos en la base, la IA solo hará que se noten más. Pero si tenemos las bases firmes y usamos la tecnología con criterio, puede ser una herramienta poderosa para potenciar el aprendizaje real.






0 comentarios